Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.
Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.
Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre.
Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.
Federico García Lorca
miércoles, 23 de noviembre de 2011
jueves, 17 de noviembre de 2011
Aún así.
"Y no dejarte más que una ventana sin estrellas."
La cabeza que reposa en la almohada, las manos que te acarician y el corazón que te espera.
Sé que no siempre vas a llegar, no puedo esperar que lo hagas.
Sé que es intenso, sé que es muy fuerte, más, mucho más de lo que habría arriesgado con un poco más de tiempo y de conciencia.
Pero no hubo tiempo, y sé (o quizá no sepa) que fue mejor así.
Así, saber que solo hay puentes, y algunas horas vividas deprisa, robadas al tiempo sin hacer mucho ruido.
Y sé que yo no he ganado ninguna guerra, y que quemo la vida, y que no te doy tiempo, y que a veces no te busco lo suficiente, y que, en días como hoy, quizá te pida más de lo que puedes darme.
Pero aún así, lo harás.
Y como todo, o como casi todo, lo harás de luz, con luz, con luna y con estrellas.
Y no puedo pedirte que te quedes, no más de lo que quieras.
Y no quiero pedirte que me puedas.
Pero aún así, lo harás. Y entenderás mis ojos, como barcos.
Y envolverás mi viaje, como niebla.
Ruiz. B.
"Te cambio tu corazón por el mío, para mirarlo y mirarlo."
La cabeza que reposa en la almohada, las manos que te acarician y el corazón que te espera.
Sé que no siempre vas a llegar, no puedo esperar que lo hagas.
Sé que es intenso, sé que es muy fuerte, más, mucho más de lo que habría arriesgado con un poco más de tiempo y de conciencia.
Pero no hubo tiempo, y sé (o quizá no sepa) que fue mejor así.
Así, saber que solo hay puentes, y algunas horas vividas deprisa, robadas al tiempo sin hacer mucho ruido.
Y sé que yo no he ganado ninguna guerra, y que quemo la vida, y que no te doy tiempo, y que a veces no te busco lo suficiente, y que, en días como hoy, quizá te pida más de lo que puedes darme.
Pero aún así, lo harás.
Y como todo, o como casi todo, lo harás de luz, con luz, con luna y con estrellas.
Y no puedo pedirte que te quedes, no más de lo que quieras.
Y no quiero pedirte que me puedas.
Pero aún así, lo harás. Y entenderás mis ojos, como barcos.
Y envolverás mi viaje, como niebla.
Ruiz. B.
"Te cambio tu corazón por el mío, para mirarlo y mirarlo."
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Certezas.
“Vivir ya detrás de todo - por encontrarte - como si fuese morir.”
Pedro Salinas
Se encontraban. Ellos se encontraban, siempre. No podían vivir de otra manera. Cuándo se apartarían del sol y de la ciudad, eso nunca podrían saberlo. Cuándo cambiaría el ánimo, cuándo sería propicio o cuándo las estrellas volverían a iluminarse, eso nunca.
Encontrarse era el límite.
Y era un vivir desnudo, insípido, escondido. Era un vivir tranquilo, sosegado y templado. De esa clase de vida que se intuye y se inflama, pero que no descansa. Hasta que se encontraban. Encontrarse en un barco, en unas alas. Encontrarse en un parque, en una rama. O encontrarse en el mar, como un barco y un faro, como la luz y el agua.
Y cuando se encontraban era una especie de caída, un vértigo hacia arriba, una inundación, un algo a la deriva, una explosión de rayos. Como un comienzo, al fin, como una novedad ya conocida, como un sabor a fruta o a semillas o a luna. Tan fuerte, tan intenso, tan vivo, tan conjugado, tan relojes parados, tan ausente del mundo, tan inmediato, tan excitante, que los puentes partían su sendero. Se paraban. Se tendían los puentes hacia ellos, les abrían un camino, les ofrecían un hueco a mitad de un paisaje. Alguna carretera, algún coche, algún testigo pasaban, y los veían allí, sentados. Tan inconscientes, tan lejos de sus bocas, de sus manos, de su frío que se volvían a mirar, incrédulos, como si no pudiesen comprender tanto deseo de golpe, como si nunca hubiesen visto un encuentro de dos, en mitad de un paisaje, con los puentes tendidos.
Y allí ellos, tranquilos, descansando, por fin, con sed del otro, con palabras, con dudas y experiencias, con miedos, con semanas de antes de encontrarse, con historias de antes, y con ganas de antes. Conscientes de la noche, de la vuelta, del frío. Y no les importaba. Inconsciencia feliz de ese mundo dormido que no podía ver, de ese eclipse, ese himno a la vida, esa vuelta a la calma, ese desbordamiento, las lágrimas, ese beso hacia arriba, los billetes, las fechas y la espera, ese baile final del universo, el mañana que viene, el letargo que despierta, el futuro que estalla y los astros alegres.
Y así, mejor, peor, quién sabe, pasaban los días, entre un aquí y un allí, entre dos, en un salto, en una incertidumbre acomodada. Así pasaban, ajenos a los puentes por un tiempo. Hasta que se llamaban, hasta pronto, hasta cuándo y por qué, hasta mañana. Y siempre volverían al centro del paisaje, a los faros.
Y se encontraban, siempre.
Ruiz. B.
sábado, 5 de noviembre de 2011
Dentro, sea como sea.
"When you´re smiling the whole world, que también vela por su amargura, smiles with you."
martes, 1 de noviembre de 2011
Tu más profunda piel.
"Intenta equivocarte de vez en cuando, reforzarás mi autoestima."
Noviembre Dulce
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacía de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido, de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh, viajera de ti misma, máquina de olvido!
[...] Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste "Me da pena", y yo no comprendí, porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez repetir la caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro, arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
Julio Cortázar
miércoles, 26 de octubre de 2011
Cambios. Parte XIII.
"Because this isn´t a story about love, this is a love story."
Otoño. Octubre.
Y pensar que la vida iba en serio.
Reír de estas absurdas suposiciones, acostumbrarse a hacerlo, era algo que quizá le costaba más que cualquiera de las otras cosas que inundaban su mundo ahora.
"Acostumbrarse a hacerlo", lograr entenderlo, se empeñaba en sus ojos, se empeñaba. Se hundía, entraba, volvía a salir.
Nunca lo conseguía, por supuesto, aquella maraña de cajas rotas, de hilos perdidos y de vagones de metro no estaba hecha para ser comprendida, nadie se lo había dado, nadie lo había pedido.
Y aun así allí estaba, con algún cristal roto y algunas horas muertas. Con calor y con piel.
Con frío, mucho frío, y una boca que hablaba que no podría olvidar. Los labios, se decía, los que quería besar eternamente, habían llegado pronto. Sí lo estoy y otras cosas clavadas en la aurícula izquierda, y en el mar, y en la sangre.
Rápido, lento, así. No había mucho más. Un mundo tras la puerta, tres mantas en la cama y folios a la espera.
Poco más, ya sabía. Un puente, un par de calles, o quizá alguna más. Un parque, algunos bancos, la ciudad.
Había otros parajes: alguna biblioteca, cielos de color púrpura, estaciones robadas. Un reloj verde y suave, mentor de las horas perdidas.
Ordenar. La cabeza, los días, las ideas. Las luces ordenadas de la noche.
Reclinar la cabeza en la funda de cartón e incertudumbre, en sábanas antiguas, sonrosadas, testigos silenciosos del amor.
Una historia que no era tal, que no había sido escrita, que páginas temblando de por qué.
Sentir miedo, pero aun así, bailar.
Ruiz. B.
Otoño. Octubre.
Y pensar que la vida iba en serio.
Reír de estas absurdas suposiciones, acostumbrarse a hacerlo, era algo que quizá le costaba más que cualquiera de las otras cosas que inundaban su mundo ahora.
"Acostumbrarse a hacerlo", lograr entenderlo, se empeñaba en sus ojos, se empeñaba. Se hundía, entraba, volvía a salir.
Nunca lo conseguía, por supuesto, aquella maraña de cajas rotas, de hilos perdidos y de vagones de metro no estaba hecha para ser comprendida, nadie se lo había dado, nadie lo había pedido.
Y aun así allí estaba, con algún cristal roto y algunas horas muertas. Con calor y con piel.
Con frío, mucho frío, y una boca que hablaba que no podría olvidar. Los labios, se decía, los que quería besar eternamente, habían llegado pronto. Sí lo estoy y otras cosas clavadas en la aurícula izquierda, y en el mar, y en la sangre.
Rápido, lento, así. No había mucho más. Un mundo tras la puerta, tres mantas en la cama y folios a la espera.
Poco más, ya sabía. Un puente, un par de calles, o quizá alguna más. Un parque, algunos bancos, la ciudad.
Había otros parajes: alguna biblioteca, cielos de color púrpura, estaciones robadas. Un reloj verde y suave, mentor de las horas perdidas.
Ordenar. La cabeza, los días, las ideas. Las luces ordenadas de la noche.
Reclinar la cabeza en la funda de cartón e incertudumbre, en sábanas antiguas, sonrosadas, testigos silenciosos del amor.
Una historia que no era tal, que no había sido escrita, que páginas temblando de por qué.
Sentir miedo, pero aun así, bailar.
Ruiz. B.
martes, 25 de octubre de 2011
Al lado del mar.
Eres adorable y que nadie se atreva a decir lo contrario.
Y que nadie se atreva a hacerte daño.
Y que nadie se atreva a enfadarse contigo por celos absurdos.
Y que nadie se atreva a subestimarte.
Y que nadie se atreva a no quererte una vez que ha empezado a conocerte.
Y que tú no te atrevas a irte una vez que alguien ha comenzado a quererte fuerte.
Ara y sus musas.
Gracias, muchas.
Conseguiste hacerme sonreír, brisa.
Y que nadie se atreva a hacerte daño.
Y que nadie se atreva a enfadarse contigo por celos absurdos.
Y que nadie se atreva a subestimarte.
Y que nadie se atreva a no quererte una vez que ha empezado a conocerte.
Y que tú no te atrevas a irte una vez que alguien ha comenzado a quererte fuerte.
Ara y sus musas.
Gracias, muchas.
Conseguiste hacerme sonreír, brisa.
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